miércoles, 1 de agosto de 2012


EXPERIENCIA



A principios de 1989, compramos un predio de cuatro hectáreas en el paraje El Amate, en las afueras del pueblo de Chalmita, en el bello sur del Estado de México, y decidimos experimentar “en carne propia” las recomendaciones agroecológicas que hasta ahora veníamos prodigando a los agricultores de la zona mazahua. Todo estaba por hacer; a la vez proyecto de vida familiar y campo experimental, estábamos convertidos en neorrurales, con el sueño que hasta entonces teníamos en la cabeza, ahora cargado a cuestas.


En 1989, construimos el camino de acceso, movilizando cientos de metros cúbicos de tierra y piedras. En 1990 plantamos el primer millar de árboles frutales, manzanos y duraznos, seguidos en años posteriores con guayaba, cítricos, ave de paraíso y granada china entre otros. Construimos la casa entre 1990 y 1991, año en que la pasamos a ocupar, con nuestra entonces bebita Amanda Tonantzín. Conejos, gallinas, guajolotes, patos, gansos, borregos y hasta una yegua, han contribuido a dar vida al rancho en esta primera etapa. El acceso a la electricidad implicó colocar en 1991 más de medio kilómetro de cables enterrados, lo mismo como, cuatro años más tarde, la línea telefónica. El agua potable consistió en captar, en el verano de 1992, un manantial situado a dos kilómetros de distancia, en el monte, al pie de la zona arqueológica de “El Castillo”. Estas realizaciones implicaron aprender sobre la marcha gran número de habilidades tales como carpintería, plomería, albañilería, mecánica y electricidad, y desarrollar algunas ecotecnias.


Nuestra segunda hija, Fabiola Quetzalli, nace en 1993. Poco a poco se va efectuando nuestra inserción en la comunidad; la convivencia con las mamás del jardín de niños y la escuela primaria nos dinamizan el proceso; en cambio, en pocos años, vimos con cierta congoja la economía pueblerina cambiar desde la agricultura campesina hacia un modo de vida más suburbano, con una continua emigración de los jóvenes principalmente hacia los Estados Unidos.


Ante la excesiva pedregosidad del terreno, optamos por construir poco a poco “tecorrales”: muretas de piedra seca, perimétricas y divisorias. Durante tres años, entre 2000 y 2002, surtimos de verduras frescas grupos de consumidores naturistas de Cuernavaca y Malinalco. A la vez que el extenso trabajo manual, estudiamos y experimentamos sobre agricultura ecológica, y en 1994, pasamos a formar parte del naciente movimiento por la agricultura orgánica, aunque estamos certificados sólo desde 1992. Durante estos años, hemos recibido a gran número de visitantes, participantes a cursos y eventos, nos hemos sumado a las luchas locales por la defensa del ambiente, y hemos mantenido activamente contactos con otros pioneros en agricultura ecológica de todo el país.


Ante las adversas condiciones en que se ha comercializado nuestra fruta fresca, optamos por procesarla; mermeladas, ates y licores se elaboraron primero en la cocina familiar, luego en un taller provisional, y desde 1999, en un taller artesanal que permite un trabajo higiénico y eficiente de cantidades mayores, y el desempeño de un equipo de mujeres que nos segundan en esta tarea. ¿Cómo lograr una producción sustancial sin perder la esencia del proceso artesanal? La respuesta no esta escrita aún, y dependerá de la preferencia de los clientes hacia nuestros productos, que se comercializan con nuestra propia marca registrada.


No hay comentarios:

Publicar un comentario